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domingo, 1 de octubre de 2017




01/ 10 / 2017           Madison... y el amor.        Mejorada.



Capítulo 2.3

Anteriormente en Madison… y el amor

Richard, había pasado por momentos muy delicados...
En apenas un par de días, su vida había experimentado tremendos e inesperados sucesos.
Enfrentarse a la posible pérdida de su viejo chófer, al que quería como a un padre, fue sin duda el más doloroso.
 Sin desmerecer el momento en el que conoció a Madison, la cual no cumplía con lo necesario para ser su estereotipo, y a pesar de ello ni cumpliéndolos hubiera arraigado tanto en su pensamiento.
Con respecto a Madison su día estaba siendo una locura.
Para ella, y para todo el que la rodeara.



En las oficinas de R.R., Madison continuaba trabajando en el expediente Cooper.
Estaba acelerada e incluso más involucrada que de costumbre. Sabía que de ganarlo, conseguiría el ascenso por el que tanto había luchado.
 Iba de un lado para otro pidiendo informes, documentación, y recabando datos; tenía a toda la oficina investigando todo aquello que pudiera ayudarla a ganar el caso.
El personal estaba bastante molesto porque cuando se ponía así no se podía tratar con ella.
– ¡Susana! -Se oía una vez más a Madison llamando a su secretaria.
– Susana no está.
 Se encuentra en el departamento de correo, recogiendo unos sobres con informes catastrales, referentes al caso con el que llevamos ocupados todo el día. -Le comentó Stephan desde su mesa.
– ¿Te importaría ir y decirle que pase por mi despacho? -Le solicitó Madison.
Stephan se levantó y fue a buscarla, y nada más llegar le dio el recado. – Tu jefa te llama.
– Sí, la he oído. -Contestó Susana muy agobiada.
– Sí, ella y todo el edificio -Aseguro Joseph.
 ¡Ay mari! Te va borrar el nombre, vaya día lleva es de lo más tediosa.
– No hables así de ella.
No me gusta… Es nuestra jefa y hay que respetarla.
– ¡Ay mari!
 Mi madre decía que el respeto hay que ganárselo y esta lo único que se ha ganado hoy, es un par de tortas con la mano abierta.
Susana no pudo evitar reírse al escuchar la maliciosa opinión del encargado del correo.
 – Joseph eres incorregible -le increpaba al tiempo que recogía los sobres para llevárselos y seguidamente acudir al despacho de su jefa.
 Al pasar, se acercó al pasante, lo miró a los ojos y le preguntó.
– ¿Vienes Stephan…?
– ¡Claro! -Contestó él, que caminó con cara de bobo tras de ella.
Susana dejó los sobres en su mesa y entró al despacho de su jefa.
 – ¿Me llamabas Madison?
– Sí.
¿Me gustaría saber?
¿Por qué no me informaste ayer antes de marcharme a casa que Henry cogía vacaciones?
Sabes de sobra que me gusta estar informada de todo.
– Lo sé Madison, pero la verdad no tenía conocimiento de ello.
 De hecho, creo que se decidiría a última hora, porque Robert me llamó de madrugada para pedirme que le mandara tu dirección por email. ¡Supongo que para dársela al nuevo chófer!
– Perfecto Susana -le contestó Madison-
Y… ¿Solo por curiosidad?
 ¿No se te pasó por la mente mandarme un email a primera hora? ¡Claro que no!
 Porque de haber sido así, en este momento no estaríamos hablando de este desagradable tema… ¿Verdad?
– Lo siento.
 No se volverá a repetir jefa.
– Eso espero Susana.
Ahora sal de mi despacho y cierra la puerta.
Cuando Susana salió del despacho toda la oficina la estaba mirando, ella se sintió tan mal al verse observada que corrió y no paró hasta entrar en el baño…


Continuara…

Autora Katy Núñez.
Capítulo 2.3

Anteriormente en Madison… y el amor

Richard, había pasado por momentos muy delicados...
En apenas un par de días, su vida había experimentado tremendos e inesperados sucesos.
Enfrentarse a la posible pérdida de su viejo chófer, al que quería como a un padre, fue sin duda el más doloroso.
 Sin desmerecer el momento en el que conoció a Madison, la cual no cumplía con lo necesario para ser su estereotipo, y a pesar de ello ni cumpliéndolos hubiera arraigado tanto en su pensamiento.
Con respecto a Madison su día estaba siendo una locura.
Para ella, y para todo el que la rodeara.



En las oficinas de R.R., Madison continuaba trabajando en el expediente Cooper.
Estaba acelerada e incluso más involucrada que de costumbre. Sabía que de ganarlo, conseguiría el ascenso por el que tanto había luchado.
 Iba de un lado para otro pidiendo informes, documentación, y recabando datos; tenía a toda la oficina investigando todo aquello que pudiera ayudarla a ganar el caso.
El personal estaba bastante molesto porque cuando se ponía así no se podía tratar con ella.
– ¡Susana! -Se oía una vez más a Madison llamando a su secretaria.
– Susana no está.
 Se encuentra en el departamento de correo, recogiendo unos sobres con informes catastrales, referentes al caso con el que llevamos ocupados todo el día. -Le comentó Stephan desde su mesa.
– ¿Te importaría ir y decirle que pase por mi despacho? -Le solicitó Madison.
Stephan se levantó y fue a buscarla, y nada más llegar le dio el recado. – Tu jefa te llama.
– Sí, la he oído. -Contestó Susana muy agobiada.
– Sí, ella y todo el edificio -Aseguro Joseph.
 ¡Ay mari! Te va borrar el nombre, vaya día lleva es de lo más tediosa.
– No hables así de ella.
No me gusta… Es nuestra jefa y hay que respetarla.
– ¡Ay mari!
 Mi madre decía que el respeto hay que ganárselo y esta lo único que se ha ganado hoy, es un par de tortas con la mano abierta.
Susana no pudo evitar reírse al escuchar la maliciosa opinión del encargado del correo.
 – Joseph eres incorregible -le increpaba al tiempo que recogía los sobres para llevárselos y seguidamente acudir al despacho de su jefa.
 Al pasar, se acercó al pasante, lo miró a los ojos y le preguntó.
– ¿Vienes Stephan…?
– ¡Claro! -Contestó él, que caminó con cara de bobo tras de ella.
Susana dejó los sobres en su mesa y entró al despacho de su jefa.
 – ¿Me llamabas Madison?
– Sí.
¿Me gustaría saber?
¿Por qué no me informaste ayer antes de marcharme a casa que Henry cogía vacaciones?
Sabes de sobra que me gusta estar informada de todo.
– Lo sé Madison, pero la verdad no tenía conocimiento de ello.
 De hecho, creo que se decidiría a última hora, porque Robert me llamó de madrugada para pedirme que le mandara tu dirección por email. ¡Supongo que para dársela al nuevo chófer!
– Perfecto Susana -le contestó Madison-
Y… ¿Solo por curiosidad?
 ¿No se te pasó por la mente mandarme un email a primera hora? ¡Claro que no!
 Porque de haber sido así, en este momento no estaríamos hablando de este desagradable tema… ¿Verdad?
– Lo siento.
 No se volverá a repetir jefa.
– Eso espero Susana.
Ahora sal de mi despacho y cierra la puerta.
Cuando Susana salió del despacho toda la oficina la estaba mirando, ella se sintió tan mal al verse observada que corrió y no paró hasta entrar en el baño…


Continuara…

Autora Katy Núñez.
 

domingo, 24 de septiembre de 2017




24 de Septiembre de 2017       Madison... y el amor.        Mejorada


Capítulo 2.2



Anteriormente…



Richard cumplió con la promesa que le había hecho a Henry, recogiendo a Madison.

Sin embargo no esperaba encontrar a una mujer tan singular en ¡Tantos aspectos! Desde luego la primera impresión no pudo ser más desagradable, y por molesto que le resultara había algo en ella que despertaba su curiosidad.

  Ese mismo día tras dejar a Madison en el bufete,  estaba deseando llegar a casa.

Una vez hubo entrado en su apartamento, dejó todo lo que le resultaba incómodo en el armario del recibidor, y caminó pensativo por el amplio salón hasta llegar a su dormitorio. Levantó la mirada y, fijándola en unas carpetas que hasta lo sucedido con Henry le parecían muy importantes, y que tras lo ocurrido ya no lo eran tanto, la bajó pausadamente, giro la cabeza, y se dirigió al cuarto de baño. Una vez allí comenzó a desvestirse, no sin antes cerrar la puerta con un ligero toque de su corpulento brazo.

   Ya duchado y después de haber descansado toda la mañana, cogió el teléfono para llamar al hospital. Sin embargo, antes de hacerlo se tomó un momento para reflexionar sobre lo sucedido en el coche aquella mañana… Sacudió la cabeza, miró el teléfono, y marcó.

 – Buenas tardes Hannah.

 ¿Cómo se encuentra tú padre?

 – Está mucho mejor.

¡Incluso ha bebido algo de zumo!

– ¿Solo zumo…?

¿No ha comido nada? -preguntó Richard extrañado.

– El doctor ha dicho que hoy tiene que estar a dieta de líquidos y si todo va bien, mañana podrá empezar con una dieta blanda.

<<La voz de Henry se escuchaba de fondo, mientras hablaban>>

 – Si papá, yo se lo digo.

 – ¿Qué le pasa, necesita algo?

– Sí Richard, perdona… Papá está muy preocupado por Chico, me pregunta ¿Si podrías ocuparte tú...?  Ya sabes, sacarlo a la calle, ponerle el pienso y esas cosas…

A través del teléfono se podía escuchar con claridad como Richard soltaba una sonora carcajada. – Claro que sí, dile que no hay ningún problema. Dale un abrazo de mi parte a ese viejo cabezota.

– Se lo daré. ¡Y…! Gracias por todo lo que estás haciendo por él, significa mucho para mí.

– Esto no es necesario Hannah. ¡Le quiero como a un padre!

– Lo sé, pero este hospital es muy caro, no me quiero ni imaginar lo que te va a costar todo esto.

 Como su hija me siento en la obligación de agradecértelo.

– No tienes nada que agradecerme, en este momento lo importante es su recuperación, y todo lo demás está en segundo lugar.

Tras hablar con Hannah, Richard se despidió de ambos con la intención de acercarse a la casa de Henry para ocuparse de Chico, y cogiendo las llaves salió de su apartamento mascullando.

 – Espero no llegar tarde a las oficinas para recoger a la ¡Enteradilla!

Resultaría irónico que me despidiera de mi propio bufete el primer día.



Continuara…


Autora Katy Núñez.



miércoles, 13 de septiembre de 2017

Madison... y el amor. Mejorada





SEGUNDO CAPÍTULO 2.1




Anteriormente en Madison… y el amor.



Richard había pasado por unas de las noches más largas de su vida…



Amanecía, y las calles empezaban a ponerse en marcha. Unos, se recogían de una larga noche de excesos, mientras otros se dirigían al trabajo.

 Richard esperaba en el coche uniformado, pues no quería tener que explicarle a su  desconocida pasajera, ni su identidad, ni sus razones.

 Y hacerse pasar por un chófer suplente, le pareció la solución oportuna para cumplir la promesa que le había hecho a Henry en el hospital, poco antes de dejarlo.

Sin embargo, el cansancio y la preocupación por su viejo amigo se reflejaban en el atractivo rostro del heredero. Que no tenía ni idea de porque su viejo chófer consideraba tan importante que se recogiera a la misteriosa ¡Señorita Madison!  



 Por fin se abrió la puerta, al parecer la espera había terminado.

Lo primero que le llamó la atención fue el color de su cabello, y automáticamente la descartó como posible presa, pues no le iban las pelirrojas de cabello perfectamente recogido.

 Lista para trabajar un día más, Madison bajaba las escaleras de su casa, y subía al coche de la empresa que la esperaba en la puerta. Algo que formaba parte de la  acomodada rutina de la brillante abogada. Una vez en él, dio un último repaso a sus carpetas como era su costumbre antes de llegar a la oficina.

 Richard la observaba por el retrovisor, porque a pesar de no ser su tipo le llamaba extrañamente la atención… Le parecía recordar que en alguna ocasión Robert le había comentado algo sobre sus actitudes. La describía como una mujer inteligente y comprometida con la empresa… Pero jamás le habló de su enrevesada  belleza.

Justo en ese momento ella levantó la cara, y por unos instantes se cruzaron sus miradas.

– ¿Quién es usted…?

¿Dónde está Henry? -Preguntó Madison que hasta ese preciso momento no se había percatado de que no era su chófer quien conducía, seguramente debido a que Henry  tenía por costumbre esperar a que leyera un par de páginas, antes de darle los buenos días. No por falta de protocolo, sino porque ella se abstraía en sus papeles.      

– Creo que está de vacaciones señora. -Contestó Richard haciendo un gran esfuerzo por controlar la soberbia de su tono… Por lo general, él era el prepotente.

– Señorita. -Corrigió molesta la singular pasajera. 

 Llámeme señorita Madison.

¿Y su nombre es…? -le preguntó molesta mientras le señalaba con un bolígrafo.

– Edwar… intentó contestar Richard dando su segundo nombre.

 – Bueno no importa -le interrumpió Madison cortante, sin dejarlo terminar. Para seguir repasando los documentos, mientras susurraba. – ¡No me gustan los cambios! -y nuevamente miró al conductor.

Richard apretó el volante con las manos y bajó la mirada pensando. <<Será guapa e inteligente pero también es una borde de cuidado>>.

 Por fin llegaron a la oficina, ella entró en el edificio y él se marchó, pero antes de hacerlo la siguió con la mirada enojada, y el ceño fruncido.



Continuará…



Autora Katy Núñez.

sábado, 19 de agosto de 2017




Sin poder dormir.


El día que escribí la entrada titulada  " Vuelve a luchar" lo hice desde el corazón... Sí, se que suena a tópico, pero es que la vida esta llena de ellos.

No hacía mucho que disfrutaba de largas conversaciones con una nueva amiga, y aunque cuando escribí este articulo, nuestra amistad ya tenía algunas espinas. El sentimiento, y la necesidad de ayudar se mantenían a salvo.

¡Es curioso! Debó añadir que es la entrada más visitada en mi blog, sin embargo estaba dirigida a ella... Me permití la licencia de utilizar este sitio para intentar ayudarla.

Bien, no se si lo conseguí o no, y supongo que en este momento es del todo irrelevante...

Hoy de nuevo quiero hablarte.

Lo primero, decirte que te voy a echar mucho de menos.

 Segundo, mantengo cada palabra, sobre todo por que cuando las escribí eran infinitas.

 Pero, la vida parece burlarse de ambas tanto en consejo como en progreso, y ahora no son tan vitales como podían parecer en aquellos momentos.

Nunca me a gustado estar asustada, me considero una persona fuerte tanto física como psíquicamente, y no voy a dejar que esto lo haga.

Te quiero, y siento un gran dolor al saber que no estas a salvo.

MI  DESEO, QUE  TU PROXIMO VIAJE SEA TODO LO QUE ESPERAS.



       


   

sábado, 15 de julio de 2017






15/07/2017                            MADISON... Y EL AMOR


PRIMER CAPÍTULO.




Era un día más de tantos otros.

No… Quizás sería mejor empezar por la calle 58, donde se encontraban ubicadas las oficinas de uno de los bufetes más prestigiosos de Manhattan.

Duodécima planta, y al salir del ascensor unas enormes puertas de cristal. Grabadas en ellas, las iniciales R.R.

Las puertas se abrían al pasar para dar lugar a unas ¡Grandes oficinas!

Presidiéndolas estaba la centralita, donde se encontraba Lulú, la recepcionista, hablando con un mensajero. Detrás, a la derecha, una amplia sala de espera con decoración minimalista acompañada por grandes ventanales, que dejaban entrar la luz del sol sin más límite que el de unas ligeras cortinas. Compartiendo este espacio, con las mesas de trabajo del personal, distribuidas en forma cúbica al fondo. Un ancho pasillo, lo separaba del majestuoso frontal de cristales que había en la parte izquierda. En su interior, varias salas de juntas y los despachos de los asociados, cada uno de ellos decorado respetando una línea seria, que aportaba sensación de seguridad. Y al fondo un ascensor privado que llevaba a la siguiente planta. Allí, estaban situados los despachos de los directivos, que al igual que los anteriores mantenían el mismo estilo.

Se abrieron las puertas del ascensor privado y salió Madison; abogada del bufete, que con voz firme se dirigió a su secretaria.

– Susana por favor, ponme con Robert. –Este, ocupaba el cargo de subdirector ejecutivo de R.R.

– Enseguida Madison. -Contestó Susana.

Esta se dirigió a su mesa y se cruzó con Joseph a la altura del cubículo de Stephan; becario de Madison.

Joseph, que iba repartiendo el correo como cada mañana, se paró a hablar con él…

– ¡Ay mari! ¡Que malita estoy! -dijo Joseph, con actitud de diva.

– Buenos días a ti también Joseph. –Contestó Stephan-. A ver, cuéntame, ¿Cuál es el drama de esta mañana?  -porque de él, se podía esperar cualquier cosa.

– ¡Ay mari! no sé. Robert me trae por la calle de la amargura. Es un hombre tan guapo.  -Aseguró llevándose la mano abierta, con el meñique arqueado, justo debajo del cuello y afirmó moviendo la cabeza.

 – Es evidente que se cuida, siempre va rapado y sus gafas le dan ese toque de ¡Ay mari! ¡Qué te cómo! -Confesó Joseph, inclinando su cuerpo hacia delante y riendo a carcajadas…

– Déjate de tonterías Joseph. Como el subdirector se entere, se te va caer el pelo.

– ¡Ay sí! Así como él, rapadito. ¡Está tan bueno! -sonrió, llevándose la mano a la boca.

– No tienes remedio Joseph...

– ¡Ay mari, sí! Sí lo tengo y se llama Robert Morgan.

Susana se dirigía a los archivos y los vio charlando.

Stephan se quedó mirándola… Era superior a sus fuerzas, se sentía atraído por ella.

– ¡Ay mari! ¡No sé qué le ves! Susana es una mujer camino de los cincuenta. -Joseph, echó el cuerpo hacia delante y se dejó caer sobre el carro en el que llevaba el correo-. ¡Si! Solo tienes que mirarla, le sobran kilos… Con el pelo rizado ¿Y color caoba? Sí, definitivamente es caoba. -Afirmó, rascándose la frente.

Joseph se detuvo un momento a mirar a Stephan, levantó una ceja y riéndose le dio un manotazo en el hombro.

– ¡Ay mari! Pensándolo bien ¡Mírate…! Inteligente, entrado en kilos y edad. -Levantó la mano, para decirlo, y a continuación, le tocó el cabello e hizo una mueca con la boca-. Con este pelo tan cortó y ¡Fino! ¡Ay mari que lástima! Menos mal que tienes buen talante.        

Stephan lo miró fijamente y añadió. – Anda, anda vete a trabajar… y dame tiempo para digerir esto.

– ¡Ay mari! No te enfades, que para eso ya tenemos a tú jefa, o como yo la llamo. ¡La petulante pelirroja de ojos verdes!

Stephan no pudo evitar reírse. – ¡Es que eres el demonio! -exclamó haciendo acopio de paciencia.

– ¡No Mari! Para demonio la de la centralita, que si muy delgadita, tan morenita con su pelito cortó. ¡Un pendón! -Aseguró muy enfadado y arrugando la frente-. ¡Qué va detrás de mí Robert! -se defendió enojado.

– Vamos ¡Vamos chicos al trabajo! -Les llamó la atención Susana, que regresaba de los archivos.

Justo en ese momento recibió una llamada...

– Teléfono de Madison Fletcher, al habla Susana, dígame.

– Hola Susana. ¿Puedo hablar con ella?

– Hola Victoria, que contratiempo. Acaba de entrar en la sala de juntas.

– Bien, la llamaré más tarde, de cualquier forma, dile a Madison que la he llamado.

– No te preocupes Victoria, se lo diré en cuanto salga de la reunión.

– Tan amable como siempre, gracias.

Poco después Madison salió de la sala de juntas. – Susana, ¿Me pasas a Robert?

– Sí jefa... Ya lo tiene en espera, por la extensión dos.

– Gracias, lo cojo en mi despacho.

Madison entró en su despacho, cerrando la puerta tras de sí, sin terminar de sentarse cogió el teléfono dispuesta a hablar con él.

– Hola Robert, ¿Te viene bien si paso a verte?

Este permaneció en silencio durante unos segundos. – De acuerdo sube, tengo cinco minutos.

Madison colgó el teléfono y se dirigió al ascensor, pasados unos minutos salió de el con paso firme como era su costumbre, dio dos ligeros toques en la puerta y antes de que el subdirector contestara, pasó.

– Siento molestarte, pero realmente estoy preocupada por la situación del bufete.

– Lo entiendo Madison, pero no puedo adelantarte nada -le contestó Robert, pasándose su mano derecha ¡desde la cabeza hasta la nuca! Gesto muy propio de él cuándo se sentía incómodo…- Por el momento te sugiero, ¡que te dediques al caso Cooper! Esa cuenta es muy importante para R.R., espero que no surja ningún problema y que vayas informándome oportunamente. Ahora lo siento -dijo dando un suave golpe en la mesa-. ¡Pero tengo una mañana muy complicada!

– De acuerdo jefe, quizás en otro momento... Sin embargo, el tema me preocupa. -Insistió ella.

– Lo siento Madison pero, ¡No dispongo de más tiempo! Seguiremos mañana, cielo.

 Automáticamente Robert se arrepintió de haber usado el tierno adjetivo.

No debía expresarse así de ninguna manera, pensó prohibiéndoselo a sí mismo. No deseaba que nadie supiera más de lo necesario sobre su orientación sexual.

– Está bien, seguiremos mañana.  -Aceptó la abogada, levantando las palmas de sus manos.

Aun así, se marchó molesta al no obtener la respuesta que buscaba.

Ya en su despacho; Susana entró sin llamar, cosa que solía hacer cuando Madison dejaba la puerta abierta.

–Aquí está todo jefa… Sobre la mesa tiene los expedientes del caso Cooper y Stephan está buscando alguna semejanza que sirva como precedente… Sin éxito hasta el momento. ¡Desgraciadamente!

Madison agachó la cabeza y se frotó la sien, el día le estaba resultando verdaderamente largo.

– ¿Algo más Susana?

– Sí claro, casi lo olvido... Victoria ha llamado para recordarle la cena del viernes. ¿Quiere que la llame?

– No gracias, lo haré yo misma, pero sí, que me avises cuando llegue el chófer.

Susana afirmó con la cabeza y se marchó cerrando la puerta al salir.

Madison miró su móvil, que estaba sobre la mesa. Realmente no se encontraba con ánimos, pero…

– ¡Qué demonios! -Lo cogió y llamó a su amiga.

– Hola Vicky, ¿Qué tal tú día? -Madison intentó disimular, porque el suyo dejaba mucho que desear.

– ¡Madiiii! -le contestó su amiga con divertida inflexión-. Tengo una noticia que te va a encantar, he conseguido mesa en “Le Bernardino”.

– ¡Le Bernardino! -repitió Madison asombrada…- Es una de las marisquerías más exquisitas de Nueva York.

¡No te puedo creer Victoria!

¿Lo dices en serio?

– Sí…

Reconócelo

 ¡Soy la mejor! -se burlaba Victoria con actitud de sobrada, para terminar con una gran carcajada.

– Sí…

Definitivamente lo eres.

No solo eres alta, morena y guapa. -Se la camelaba Madison-. Además, me acabas de arreglar el día. -Estaba claro que empezaba a sentirse mejor… Porque comenzó a despellejar a Lisa, otra de sus amigas. Ésta, fue la encargada de la última reunión.

– Verás cuando se entere Lisa… de cualquier forma lo estoy deseando, me encanta el marisco y creo que ahora más. Después, de la horrible cena que comimos en casa de nuestra amiga.

-Ambas se rieron a carcajadas-.  ¡Qué malas! –Gritaron al unísono sin parar de reírse.

Victoria interrumpió. – No, eso no es cierto, Lisa pretendía envenenarnos… ¡Di que casi lo consigue! -De nuevo se rieron las dos entre livianos gestos de dolor provocados por el desmedido ataque de risa… Con la firme intención de salir de ese bucle compartido Madison añadió.

– Seamos serias, es lo que tiene, somos cuatro y el trato fue… Que en cada ocasión una de nosotras se encargaba de elegir el lugar y el tipo de cena.

– En eso te doy la razón, hay que ser serias -afirmó Vicky... seguido, de un silencio de reflexión entre ambas-. Ni de coña nena, esa cena fue horrible -ninguna de ellas pudo contener la risa.  

– Vale -contestó Madison intentando controlar la situación, que se les había ido claramente de las manos, mientras se secaba las lágrimas-. Dime hora y día.

– Sí claro.

El viernes a las 19.30 -contestó Victoria-.  ¿Llamas tú a Lisa? Digamos que… después de los comentarios que hice sobre su forma de cocinar, no soy una de sus amigas preferidas.

– ¡Ja! -exclamó Madison con seguridad-. Déjalo de mi mano, lo arreglaré.

– Eres un amor, pero no se lo diré a nadie -se burló Victoria-, sé que tienes que mantener tu reputación. ¡Chao bella!

– ¡Pero qué cara tienes Victoria! Venga te dejo que tengo que trabajar, un beso y hasta el viernes.

Madison dejó el teléfono sobre unas carpetas, se sentó a revisar los documentos de un caso que la tenía prácticamente absorta por el momento, miró su reloj de muñeca y le dio unos pequeños golpecitos a la esfera de cristal.

– ¡No es posible! ¿Cómo puede ser tan tarde? -en ese momento se planteó si había sido buena idea perder el tiempo charlando. Se encogió de hombros-. Bueno, de perdidos al río, como diría mi madre. ¡Mi madre!… Tengo que llamarla ¡La echo mucho de menos!

Tocaron a la puerta y Madison salió bruscamente de sus pensamientos.

– Adelante, ¿Dime Susana?

  Su coche la espera.

– Sí claro...

Por supuesto, dile al chófer que tardaré unos quince minutos… ¡O mejor no! -Madison recogió rápidamente y al salir le pasó unas notas a su secretaria-. Le das esto a Stephan, por favor.

– Ahora mismo se las doy, hasta mañana Madison. -Susana se sintió aliviada, por fin su jefa se marchaba, le venía genial. Aún llegaba a tiempo de recoger a su madre que ya estaba mayor,  sin contar con los achaques de su artrosis, pero seguía tan cabezota como siempre y había ido sola al veterinario con el gato.

Se miró las manos, aún tenía en ellas las notas que su jefa le había dado, y se dirigió a la mesa de Stephan. Llevaba tiempo detrás del becario, así que, se colocó bien la ropa y puso su mejor sonrisa.

– Esto es para ti, de parte de tu jefa. -Ambos se quedaron embobados mirándose... A Susana se le pusieron los vellos de punta.

Él retiró la mirada y revisó las notas por encima, jugueteando con un pequeño mechón de pelo formaba círculos con los dedos, algo que solía hacer cuando estaba concentrado, o preocupado, y que a Susana le volvía loca.

Madison ya estaba en la calle, el chófer la esperaba delante del coche.

– Buenas noches señorita Madison, espero que haya tenido un buen día.

– Buenas noches Henry. La verdad, el día ha sido duro, pero por fin ha terminado.

– No sé señorita… Este viejo negro lleva muchos años siendo chófer de R.R. y no quiero ser indiscreto, -levantó la ceja y señalando con la cabeza le preguntó-. Y ¿esas carpetas? Sabe más el diablo por viejo que por diablo señorita… -le guiñó bromeando.

– Ya me conoces -le contestó ella sonriendo-, algo para leer antes de dormir -él le devolvió la sonrisa y se colocó bien la gorra, a continuación, arrancó el coche para llevarla a casa como cada noche.

Y de camino...

– Henry, he pensado en aquello que me contaste hace un par de semanas.



<<Él, le había contado su sueño de alquilar un pequeño local para ayudar a los chicos de su barrio, y que llevaba mucho tiempo ahorrando, pero que aun, le faltaban unos cinco mil dólares. >>



– Sí señorita…

Aún sigo en ello.- Contestó el chófer, que luchaba por conseguirlo.

Madison escondió su cara y continuó con la conversación. – Hoy he pasado por recursos humanos, y he dado orden para que este mes, mi salario se ingrese en tú cuenta.

Espero que lo aceptes Henry, tan solo pongo una condición. No quiero que nadie lo sepa. -El viejo chófer la escuchaba emocionado, y guardaba silencio.

Aparcó el coche delante de la casa de su jefa, e hizo el ademán de bajarse, pero ella le tocó el hombro y lo detuvo.

– Déjalo Henry… No es necesario.

Él la miró por el retrovisor, no podía dejar que su jefa se marchase sin expresarle su agradecimiento. – Esto ayudará a muchos jóvenes del barrio -le aseguró muy emocionado- ¡Gracias!

– No es nada Henry... me hace feliz poner mi granito de arena, hasta mañana -se despidió saliendo del coche.



Una vez en casa, Madison se puso cómoda. Fue a la cocina, se preparó una ensalada y se sentó en el sillón dispuesta a ver un documental, poco después terminó de cenar. Pasó por el salón y cogió sus carpetas.

Ya en la cama comenzó a revisarlas. Después de unas horas, miró el reloj, y se quedó pensativa… – ¿Estará levantada? Sí… Seguro que sí, estará revisando algún caso. -Finalmente se decidió a llamar a Lisa.

Saltó de un brinco de la cama, cogió su móvil, y marcó... Al primer tono Lisa contestó.

– ¡Qué rápido has contestado! ¿Esperabas una llamada? ¿Algún rollito quizás? -le preguntó Madison riéndose.

– Qué más quisiera yo… estoy trabajando y lo tenía cerca. -Lisa miró los documentos que tenía repartidos por encima de la cama, suspiró y siguió hablando-. A ver dime… Como diría tu madre ¿Qué te duele? -le preguntó riéndose.

– El viernes a las 19:30 en “Le Bernardino”. -Y se quedó en silencio, esperando la respuesta de Lisa… Esta dio tal grito, que ha Madison no le quedó más remedio que separarse el teléfono del oído.

– ¡Si será zorra! No es suficiente con que sea guapa, encima tiene dinero... Unas tanto y otras tan poco… ¡Solo tienes que mirarme a mí! Gorda, y lo peor, que tengo menos pelo que el culo de una gallina.

– Vamos no te pongas así, te sobran un par de kilos… Pero ¿Gorda? No seas exagerada Liz.

Lisa seguía gritando. – ¡Pero qué fuerte! No me lo puedo creer, ha elegido precisamente ese restaurante a conciencia, para hacerme quedar mal.

Madison la escuchaba esforzándose para no reírse. – Vamos Lisa, estas siendo injusta, sabes que no nos importa comer en tú casa, pero tienes que reconocer que lo de cocinar no se te da bien… -Tras unos segundos, las dos se rieron y finalmente Lisa terminó confesando.     

– Tienes razón, no era comestible.

– ¿Entonces? ¿Guardamos las armas? ¿El viernes nos vemos? -Le preguntó con voz dulce y cariñosa, táctica que nunca le fallaba.

– Venga sí, nos vemos allí -le gruñó Liz porque no estaba totalmente convencida.

Madison colgó el teléfono y se metió en la cama, aun sonriendo.



  Henry había dejado ha Madison en su casa y se dirigía al otro lado de la ciudad.

 El viejo chófer seguía trabajando a pesar de que ya era tarde… En está ocasión  llevando al dueño del bufete, Richard Edward Red hijo, hasta su casa de la playa.

– ¿Qué tal el día Henry? -le preguntó Richard en un tono muy familiar.

Henry había trabajado durante muchos años para Richard Red, el fundador de R.R. y padre de Richard. De hecho, hasta su fallecimiento, del que hacía solo dos meses… Y ahora lo seguía haciendo para su único hijo  y heredero.

– Bueno Richard hoy no me encuentro muy bien, ya estoy mayor; pero mejor hablemos de ti… ¿Cómo te encuentras tú?



Richard volvió la cara hacia la ventanilla con la mirada perdida y contestó con voz distraída.

– ¿Qué puedo decirte? Le echo de menos, pero voy tirando. Teddy hizo lo imposible por mi padre, pero no pudo ser.

– Sí, el doctor Wilson lo intentó todo, eso nadie lo puede negar -afirmó Henry.

– Cambiando de tema, esta noche te quedas en casa -le ordenó Richard. Henry le contestó con amabilidad.

– Me encantaría Richard, pero mi hija suele llamarme cada noche y se preocupará si no estoy en casa.

– ¡Eso tiene fácil arreglo! -Richard cogió su teléfono y llamó a Hannah.



Una mujer muy guapa, alta, de constitución fuerte, con cabello rizado negro y una fuerte personalidad-. 

Buenas noches Hannah… Perdona que te llame a estas horas, pero necesito que tu padre me recoja temprano, así que está noche nos quedaremos en la casa de la playa.

– Gracias por avisarme Richard, dile que mañana le llamaré. ¿Tú cómo te encuentras?

– Bueno, le extraño.

– Sabes que puedes contar conmigo.

– Lo sé.

 Perdona, pero ahora tengo que dejarte,-se disculpó Richard, que no quería profundizar en el tema, y se despidió con un beso.

Poco después de llegar a casa, Henry estaba sentado en el porche mirando al mar.

Richard venía de la cocina y traía dos cervezas en la mano, se acercó y le ofreció una.

– Toma viejo amigo.

Este extendió la mano y la cogió protestando. – No me gustan estas cosas -insistió mientras movía la cabeza negando. Sabía que Richard le había pedido que se quedara porque estaba preocupado por él.

– Vamos Henry, disfrutemos de una cerveza juntos mientras escuchamos el mar.

 El viejo chófer suspiró.

– ¡Cuántos recuerdos me trae esta casa!

– Y todos buenos –contestó Richard… Entonces permaneció unos segundos mirando el botellín y estirando el brazo hacia Henry le preguntó-. ¿Otra? Viejo gruñón -Henry sonrió y le guiñó un ojo, afirmando con un gesto. Richard se levantó para dirigirse a la cocina.

De repente el chófer se llevó la mano al pecho y se escuchó un gemido de dolor.

Richard se giró y al mirarlo se les resbalaron los botellines rompiéndose al caer, salió corriendo hasta llegar hasta él.

– ¡Henry!

¿Qué te ocurre? Contéstame viejo amigo ¡No puedes hacerme esto! -pero el entrañable anciano no contestaba. Richard se apresuró a llamar a su amigo Teddy, médico de la familia desde hacía años.

– ¡Teddy! Necesito tu ayuda, el viejo Henry se ha sentido mal, creo que es su corazón. Está inconsciente.

– No te preocupes Richard ¿Dónde os encontráis?

– En los Hampton, en la casa de la playa.

– Mandaré un helicóptero.

– Teddy ¡No podría soportar perderlo!

– Lo sé Richard, haremos todo lo posible para que no sea así.

Richard colgó el teléfono, lo rodeó con sus brazos y llorando le repetía.

– ¡Vamos viejo amigo no me hagas esto! -durante la espera, Henry recuperó levemente la consciencia, y al verlo tan preocupado le aseguró.

– No te preocupes pequeño, este viejo cabezota tiene mucho que decir aún.

– ¡Eso viejo! Quédate conmigo el helicóptero está a punto de llegar -el tiempo iba pasando y con cada minuto su respiración era más lenta.

– Tengo la boca seca. -Susurró Henry con un hilo de voz.

– ¡Traeré agua! -Le dijo cogiéndolo en brazos y metiéndolo dentro de la casa-. Te dejaré en el sofá, ahí estarás más cómodo.

<<Así podré verlo desde la cocina>> -pensó. Porque tenía claro que no lo iba a dejar solo.

De repente se escuchó un atronador ruido de hélices y una sensación de alivio recorrió el cuerpo de Richard. ¡Por fin…! Se acercó a Henry y bromeando le dijo. – Si querías montar en helicóptero solo tenías que decirlo.

Henry lo miró y sonrió con dificultad, pero ya no hablaba.

Los paramédicos entraron en la casa y en cuestión de minutos lo tenían en el helicóptero totalmente monitorizado. Richard se acercó con intención de subir.

– Lo siento señor. No hay sitio para nadie más. -Richard dio un paso atrás y corrió hasta la casa.

El helicóptero despegaba, y lo hacía sin Richard que desorientado buscaba una solución. 

<<Henry había dejado su chaqueta en la entrada>> Supuso que las llaves del coche estarían dentro, o eso esperaba.

No tardó en encontrar la chaqueta, que registraba con nerviosismo y torpeza, pero no conseguía dar con las llaves del coche… Desesperado arrojó la prenda contra el suelo con rabia.

– ¡Dios! ¡Por favor! ¡Por favor! -Gritaba-. Tengo que tranquilizarme -se decía a sí mismo y suspirando hondo, inclinó su cuerpo hacia delante apoyando sus manos en las rodillas. Bajó la cabeza y al incorporarse las vio. Brillaban sobre la oscura alfombra al lado de la chaqueta.

– ¡Sí! ¡Sí! Ahí están -Gritó aliviado.

Salió corriendo, se metió en el coche y empezó a conducir. Lo hacía lo más rápido que podía, al tiempo que los momentos más importantes que había compartido con su viejo amigo, golpeaban su ánimo… Le venían imágenes de niño jugando con Henry mientras lavaban el coche… Cuando le recogía en el colegio, o le salvaba de algún abusón. Siempre le había querido porque siempre había estado ahí, recordaba cuando Henry traía a su hija Hannah y jugaban, haciendo castillos en la arena, y lo triste que se ponían cuando la marea subía y poco a poco los hacía desaparecer… Cogió el teléfono sabiendo que su llamada le aportaría una mayor tristeza que la que sentían de niños. 

– ¿Hannah?

– Sí, dime Richard es muy tarde ¿Sucede algo?

– Lo siento Hannah, pero tú padre se ha encontrado mal… -Richard intentaba contener las lágrimas mordiéndose los labios.

– ¿Richard, Richard? -Se escuchaban los gritos de Hannah a través del teléfono.

– Sí, estoy aquí… Creo que es el corazón.

– ¿Está bien? ¿Se encuentra bien? ¿Dónde está mi padre?

– Va camino del hospital.

– ¿Hospital? Dios mío, esto no puede estar pasando.

 ¿Qué hospital? Richard contéstame ¿Qué hospital? 

– ¿Recuerdas donde ingresaron a mi padre…?

– ¡Sí! -contestó Hannah envuelta en una marea de enfado y preocupación.

– Le están trasladando allí en estos momentos, van en helicóptero sanitario, no tardarán en llegar… He hablado con Teddy. Y lo están esperando.

Hannah lo escuchaba con atención, intentando controlar el miedo que le hacía  sentir el hecho, de que a su amado padre le pudiera suceder algo fatal, pero dispuesta a decirle a Richard lo que pensaba al respecto en cuanto terminara de hablar.

– Sabes que está mayor y, aun así… ¡Lo has hecho conducir casi dos horas…! ¿Hasta tú casa de la playa? -le reclamó Hannah, cada vez más enfadada, sollozando-. Reza… Richard, reza para que a mi padre no le pase nada. -Y una vez dicho esto, le colgó el teléfono sin dejarlo contestar.

– ¿Hannah, Hannah? -insistió él sin conseguir respuesta. Miró la pantalla del teléfono y vio que ella le había colgado. Lo tiró con desdén al asiento del copiloto, juntó las dos manos en la parte superior del volante y con la mano derecha abierta empezó a golpearlo al tiempo que gritaba.

– ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!



Ya en el hospital el helicóptero estaba aterrizando. El equipo médico salió corriendo para llevarlo al interior, y en cuestión de minutos le tenían en un box. Una pequeña habitación donde continuaron con la reanimación. En ella se encontraba el equipo médico que Teddy había preparado, haciendo lo posible por salvarle la vida…



En el hospital el doctor Wilson iba dando indicaciones a su equipo. El tiempo pasaba, pero lo gestionaban con precisión y seguridad.

– Henry ¡Vamos! ¡Reacciona! -le ordenaba el doctor frotando el puño cerrado sobre su pecho.

Una de las enfermeras levantó los ojos, y se dirigió al cirujano.

– ¡No funciona! Lo siento doctor Wilson.

Este, parecía no querer aceptar la realidad, y persistía en su intento, pero terminó comprendiendo que no se podía hacer nada más por el anciano y quitándose los guantes de ambas manos con gran decepción se dispuso a dictar la hora de la muerte.

Cuando parecía que todo había acabado… Henry empezó a reaccionar, abrió los párpados levemente y girando la cabeza miró un lado, con dificultad llevo su mano hasta la mascarilla de oxígeno y la desplazó lo suficiente como para poder hablar.

– ¡Doctor Wilson! Que alegría volver a verlo. -Este le dio unas palmaditas en el hombro y con una sonrisa le contestó.

– Llámame Teddy, después de todo hace mucho que nos conocemos, y te acabó de salvar la vida, eso debería terminar con las formalidades ¿No crees? 

Nosotros también nos alegramos de verte Henry, ahora necesitamos que estés tranquilo.

El doctor se acercó a su equipo, les dio las indicaciones oportunas y se dispuso a salir de la habitación, no sin antes dirigirse a su paciente para decirle.

– Pórtate bien y no me metas en problemas con Richard. No quiero tener que darle más malas noticias a mi amigo. –con un lento movimiento  Henry cerró el puño y levantó el pulgar.

Teddy salió del box y sacó el móvil de su bata dispuesto a llamar a Richard, pero le pareció reconocer a la hija de Henry, que andaba perdida y con actitud nerviosa por los pasillos.

 Se metió el móvil de nuevo en el bolsillo y se apresuró a hablar con ella.

– Buenas noches soy el doctor Wilson, -se presentó al tiempo que extendió la mano para saludarla.

Hannah le dio la mano al doctor mirándolo con incertidumbre.

– Sí, creo que lo recuerdo, ¿Teddy verdad? -Hannah lo miraba con preocupación.

– Tranquila todo ha salido bien. Tu padre se encuentra en reanimación, se está recuperando. Su corazón aún está débil, pero está consciente. Si todo va bien, en los días venideros estudiaremos cual es el mejor tratamiento para su caso.

Ella se cubrió la cara con las manos y echando la cabeza hacia atrás exclamó.

– ¡Gracias Dios mío! ¡Gracias! -miró al doctor y le preguntó-. ¿Puedo verle? -Este se metió las manos en los bolsillos de la bata mirando al suelo, movió la cabeza y le contestó.

– Sé que quieres verlo, pero necesita descansar. -Ella bajó la cabeza, y con voz quebrada le rogó.

– Solo unos segundos por favor.

– De acuerdo -asintió el doctor,- pero, solo un momento. ¡Y...! -le advirtió levantando el índice-, a través de los cristales. Está en el box número tres, justo ahí -le señaló.

– Gracias doctor así lo haré, se lo prometo.

El doctor siguió su camino y Hannah se acercó a la habitación que le había señalado. Tal y como le prometió se quedó fuera mirando a través del cristal, se llevó la mano a los labios al ver el delicado estado de su padre, la besó y la puso sobre el cristal.

– Papá… -su barbilla empezó a temblar, respiró hondo sacando fuerzas de flaqueza.

Una enfermera se acercó a la puerta de la habitación. – Lo siento señora, no puede estar aquí. -Hannah levantó ambas manos como rogando.

– Lo sé, es solo un momento ya me marcho.

– En la tercera puerta a la derecha está la sala de espera, -le informó la enfermera,- siéntese allí y en cuanto puedan los doctores pasaran para hablar con usted sobre los resultados de las pruebas.

– Gracias… Espero allí entonces, -se giró señalando de forma errática la puerta que la enfermera le ha indicado.

– Sí señora, no se preocupe él está mejor.

– ¡Mi padre…! -murmuró con un leve tartamudeo y apretando el bolso contra su cadera se alejó.



No muy lejos del hospital… Richard seguía conduciendo, miró el móvil dudando si llamar a Teddy, pero decidió no hacerlo. En aproximadamente treinta minutos estaría en el hospital. La pantalla del móvil se encendió, Richard miró de reojo, y lo cogió sin dudar al ver que era Teddy.

– Dime que está bien ¡Por favor! -Suplicó Richard.

– Tranquilo amigo, hemos conseguido reanimarlo y está estable dentro de su gravedad. Tengo que dejarte… Seguiremos hablando cuando llegues.

– Gracias Teddy. -Richard desplazó el coche al arcén y paró.

Sus manos estaban aún sobre el volante, y flexionando los codos se dejó caer sobre el llorando amargamente. Llegó a pensar lo peor.

Su viejo chófer era lo más parecido a una familia que le quedaba. ¡Lloraba! Lloraba como un niño indefenso, que había pasado mucho miedo. Y que en realidad seguía asustado.

Se separó del volante secándose las lágrimas con ambas manos, y a continuación, se las llevó los muslos frotándoselos de forma repetitiva como enajenado, y entonces abrió la puerta del coche y salió.

Necesitaba aire… Sentir la brisa en la cara lo relajaba. Poco después se subió al coche y condujo sin parar hasta llegar al hospital.

Una vez allí se dirigió al despacho de Teddy, que se encontraba revisando las pruebas y analíticas de Henry.

– ¿Qué sabemos? -Preguntaba Richard al tiempo que extendía la mano para saludar a su amigo.

– ¡Lo peor ha pasado! –exclamaba Teddy estrechándosela-. Aún no tenemos todos los resultados, pero tengo esperanzas, en un primer momento llegué a estar muy preocupado. Nos ha costado casi una hora estabilizar sus constantes, sin embargo su corazón no ha sufrido mucho. Si todo va bien y no hay ningún contratiempo, esto quedará en un susto, dos o tres revisiones al año y un tratamiento. Eso sí… -afirmó moviendo la cabeza de un lado a otro-. ¡De por vida! -Le aclaraba a Richard que le escuchaba con atención.

– Me gustaría verlo.

– Desde luego -le contestó Teddy. Dando una suave palmada en la espalda de Richard-. Te llevaré con él.

De camino a la habitación el doctor le explicaba. – Aún se encuentra en reanimación. Si no hay ninguna novedad en un par de horas pasará a planta. Allí podrás hablar con él, pero por el momento solo puedo permitirte que lo veas a través de los cristales.

– Lo comprendo. -Aceptó Richard.

– Ahí le tienes, -le señaló el doctor-, y ahora te dejo con él, ya sabes cómo es esto.

– Sí claro… Gracias Teddy esto significa mucho para mí. -El doctor sonrió y se marchó.

Richard se acercó al cristal deseando ver a Henry… Al hacerlo sus ojos se llenaron de lágrimas. Le resultaba doloroso ver a su entrañable amigo monitorizado y con oxígeno. Dio unos pasos atrás y tropezó con alguien, con rapidez se giró para disculparse.

– ¡Perdóneme! -Y al verle el rostro, reconoció a Hannah. Richard miró al suelo avergonzado.

– ¡Mírame! ¡Mírame! -Le exigía Hannah gritando y dándole un golpe seco en el hombro. Pero él no levantaba la cabeza.

– ¿En qué estabas pensando…? ¿Cómo me has hecho esto? -Le reclamaba Hannah a gritos con la voz entrecortada, golpeándolo de nuevo, pero en esta ocasión en el pecho.

Richard levantó con tristeza la cara para mirarla. Al ver el dolor en su rostro no pudo  mantener la mirada y bajó nuevamente la cabeza. Ella continuaba gritándole y le señalaba con el dedo acusándole, consumida por el dolor.

– ¡Ha dedicado a tú familia su vida! -le recordó, llevándose la mano al pecho y apretándola contra su corazón-. ¡Es mi padre…! lo único que tengo.

Él levantó la cabeza lentamente, la miró y con profunda sinceridad le confesó... – Y yo… Sabes que solo me queda él. -Las lágrimas caían por su rostro al tiempo que la verdad salía de sus labios.

<<Henry, era el último lazo que lo unía a su padre>>.



¡Fue entonces cuando Hannah se dio cuenta! Su dolor no le había permitido ser justa con Richard. Ella le miraba, pero en esta ocasión lo hacía con ternura. Acercó sus manos con dulzura para dejarlas caer suavemente sobre el cuello del recuerdo de aquel niño, al que su padre siempre había querido como a un hijo, y acercándole a ella intentó calmarle.-

– ¡Él está bien Richard! Gracias a Dios mi padre está bien, y eso es lo único que importa. -Él se acercó, y rodeó su cuerpo dándole un fuerte abrazo.-

¡Perdóname Richard! -Le rogaba su amiga de la infancia llorando-

 Sé, que lo quieres tanto como yo.

 ¡Perdóname…! Estaba muy asustada, -se disculpaba ella mientras él, la abrazaba con fuerza. Trasmitiéndole sin intención, más de lo que le hubiera gustado sobre sus sentimientos.

 Una pesada carga, de la que pocos sabían… Todo el miedo, y la desesperación que había vivido hasta llegar al hospital, se encadenaban al fuerte trauma de su infancia.

 La realidad no era otra… El apuesto heredero,  no era sino el producto de los desaires maternos… Que había pasado por la dura experiencia que supone para un niño, una madre desnaturalizada.

 Todo ello se desbordaba sin necesidad de explicación sobre Hannah, fiel testigo de todo por lo que Richard había pasado durante su niñez, y causa indiscutible del rencor que sentía hacia el género femenino.



– ¿Familiares del Señor Thompson?

– Sí, -contestó Hannah girándose rápidamente-.

¡Soy su hija! -Richard dio un paso adelante y se colocó al lado de Hannah.

– Soy la doctora Curtis, adjunta del doctor Wilson. Él está ocupado en estos momentos, pero ha revisado los resultados del último electro y me ha pedido que les ponga al día. El señor Thompson se encuentra estable y pasará a planta esta noche, su habitación es la 547... Más tarde el doctor Wilson pasará a informarles sobre su evolución.

– ¿Sabe cuánto tardarán en subirlo? -Preguntó Hannah con impaciencia.

– Puede que aún tarden un poco, esta noche hay mucho trabajo. Lo mejor será que se tomen un café, en la sala de espera hay una máquina, -les indicó la doctora antes de marcharse.

Richard echó su brazo sobre el hombro de Hannah y tirando de ella…

– Vamos, a la vuelta de la esquina hay un café que no cierra en toda la noche. Cuando mi padre fue ingresado estuve allí en más de una ocasión, y de dos.

Ambos se dirigieron al ascensor camino de la cafetería. La noche era cálida y al llegar se sentaron, pero Hannah no tenía intención de tomar nada… A lo sumo una tila, pero Richard insistió en que debían comer algo… La noche estaba empezando y prometía ser larga. A regañadientes consiguió que Hannah accediera... Durante la cena llegaron a relajarse e incluso esbozaron algo parecido a una sonrisa, al terminar de cenar decidieron tomarse un café antes de regresar.



En el hospital un celador llevaba a Henry a la planta de cardiología mientras charlaba con él. – Una noche movidita.

Henry, que ya se encontraba  mejor, sonrió y afirmó. – Por un momento he tenido mis dudas, pero… ¡Me han traído en helicóptero! -Le contaba al joven desconocido, echando el labio inferior hacia delante y afirmando-. Qué más puede pedir un viejo chófer cómo yo.

– ¡Guau! -Le seguía el juego el celador bromeando mientras esperaban el ascensor, a la vez que cogía el informe que estaba a los pies del paciente, para comprobar el número de habitación. – Bien, señor afortunado. -Justo en ese momento se abrieron las puertas del ascensor.

– ¿A dónde me lleva? -Le preguntó Henry.

– A su habitación, -le contestó el muchacho mientras empujaba la cama hacía el interior del ascensor. 

Vamos a cardiología en la quinta planta, -durante unos minutos permanecieron en silencio, pero Henry se mostraba inquieto y el celador decidió distraerlo-. Por lo que sé, hoy es su día de suerte. -El muchacho le guiñó un ojo al tiempo que salían del ascensor y Henry algo más relajado le preguntó.

– ¿Cuál es tú nombre? Llevamos un rato hablando y aun no te has presentado.

– Me llamo Leroy... Bueno, señor afortunado hemos llegado habitación 547... Sí, esta es la suya.

Le dejó en la habitación, y se dispuso a marcharse. Y Justo antes de salir escuchó.

– Mi nombre es Henry, encantado de conocerte Leroy.

– Lo mismo digo Henry, cuídate, -y se marchó dando dos golpecitos en el marco de la puerta.

Henry le echó un vistazo a la habitación y al mirar hacia la puerta...

 – ¡Doctor Wilson!

– El mismo. ¿Qué tal te encuentras?

– Me duele todo el cuerpo... sobre todo el pecho -contestó el anciano tocándoselo. El doctor se acercó a la cama, miró el informe y asintió con la cabeza en silencio.

 Henry estaba impaciente.

– ¿Dígame doctor…?

– El dolor es normal -le explicaba el doctor-, tu cuerpo ha sufrido mucho esta noche con la reanimación. Afortunadamente los resultados de tus pruebas son buenos. ¡Milagrosos diría yo! Pero es importante que entiendas.

En ese momento Hannah y Richard tocaban a la puerta

– ¿Se puede doctor?

– Sí claro, adelante, le estaba explicando a su padre cuál es su estado, -ambos se acercaron a la cama muy preocupados.

– Como te decía, el resultado de las pruebas es milagrosamente bueno. ¡Pero debemos ser precavidos! Insisto en la importancia de que seas consciente de que tú vida ha cambiado y debes acostumbrarte a esos cambios.

– No le entiendo doctor. ¿A qué cambios se refiere?

– A partir de este momento, Henry. -Explicaba el doctor.

Debes cuidar tú alimentación, y caminar diariamente… No aconsejo nada de estrés, el tabaco y el alcohol ni olerlos, -tras decir esto le miró muy serio.

 En fin todo depende de ti. Si sigues mis consejos todo irá bien.

– No se preocupe doctor, mi padre seguirá todas sus indicaciones al pie de la letra. -Hannah colocó su mano sobre el hombro de su padre y mirándole a la cara le pregunto-. ¿Verdad papá?

Su padre dando pequeños golpecitos sobre la mano de su hija afirmó. – Tranquila cariño, así se hará.

Los ojos de ambos estaban llenos de lágrimas. En ese momento el doctor se dirigió a Richard.

– Y por el momento nada de trabajar, al menos durante un tiempo.

– No hay ningún problema -contestó él sin dudar.

– Perfecto entonces, os dejo solos para que podáis hablar.

En la cara de Henry se reflejaba preocupación, mientras su hija lo abrazaba.

– ¿Necesitas algo papá?

– Sí cariño, ¿podrías ir a comprarme una botella de agua? En el pasillo he visto una máquina cuando me traían a la habitación.

– Claro papá y aprovecharé para llamar a Donald ¡Se quedó muy preocupado! No pudo venir porque estaba en Nueva Jersey visitando a su madre que no se encuentra bien, te manda un beso.

– Muy bien cariño, llama a tu marido y dale las gracias de mi parte.

– ¿Te quedas con él Richard? Solo serán unos minutos, le aseguró antes de salir

– Si, vete tranquila no me moveré de aquí.

Hannah, cogió unas monedas de su bolso y se marchó.

– Ahora que mi hija se ha marchado Richard, quisiera hablar contigo.

– Por supuesto Henry, te escucho.

– Acerca esa silla y siéntate a mi lado, quiero verte bien.

Richard se sentó a escuchar a su entrañable amigo. – Tienes toda mi atención.



– La noche ha sido muy larga, lo sé, pero en pocas horas amanecerá. -Entonces Henry se incorporó con dificultad y continuó hablando.-

  En cuarenta años jamás he faltado un solo día a mi trabajo.

– Pues siento decirte -le interrumpió Richard.

– ¡No! -le rogó Henry-, necesito que ocupes mi lugar y que recojas a la señorita Madison en su casa. -Le pidió muy preocupado.

 Richard lo miraba sorprendido, pero en ese momento no le podía negar nada y sin dudarlo le contestó.

– Cuenta conmigo viejo amigo.

– Su dirección, ¿Esta...? -Henry miró a su alrededor buscando su ropa.

– No te preocupes por nada, le pediré a Robert que la averigüe y me la envíe a mi correo -le aseguró tranquilizándolo y ayudándole a recostarse-. Descansa un poco viejo amigo, yo me ocuparé de todo, -le susurró con ternura.

– Siempre ha sido un buen niño, -aseguraba el viejo chófer mientras el sueño le vencía.

Richard salió a la puerta del cuarto y llamó a Robert. – Siento llamarte a estas horas, pero necesito…



FIN DEL PRIMER CAPÍTULO.

Texto: Extracto de "Madison... y el amor" por Katy Núñez
©2016-2017

Continuará…
Autora Katy Núñez